dimecres, 19 de maig del 2010
Memoria.
El mundo ha menguado bastante como para que sólo quepas tú, Siria, amiga. Consuélame en esta hora, misericordiosa, revelándome lo que sé pero no me es dado recordar
Y es que mi gata es mi memoria, ancestral y primigenia. Colgada de mi espalda me habla, entre ronroneos y caricias, de los campos infinitos, donde las estrellas aparecen de día. Ven, Siria, y dime que no estoy muerto mientras las pueda invocar. Llévame contigo a las regiones de caza para saciarme del deseo de la vida sin culpa, de la mentira propicia. La sombra acogedora de las ramas bajo la torridez y el rayo seco. Esperando a la noche para transformarnos nuevamente en espíritus libres acechando entre el follaje, atentos al silbido de la serpiente. Sentir el frescor de la sangre cálida de los cuerpos caídos bajo el gesto fiero de nuestras zarpas. Volver a los saltos imposibles y perennes, de bosque en bosque. Volar, el instante sugestivo y excitante del ataque sobre la presa, la sangre corriendo más rápida que el corazón, el latido ruidoso del alma entera en cada pliegue de piel. El canto de las plumas, de la carne desgarrada cuando la vida les es tomada, sin apartar la vista de sus ojos. Nuestros colmillos derramando exultación vívida, desafiante, vencedora, ritual. Y así, juntos, estrangular despiadada y felizmente a la presa a la luz de la luna exótica de esta tierra de reencuentros, compartiendo nuestro pasado más lejano. Después, correr uno tras otro en lúdica complicidad primitiva. Celebrando la muerte y la vida en un ciclo más, sin futuros esforzados, sin posteridad, sin pecado. Sentimiento desnudo. Amoralidad liberadora, auténtica, primaria. El retorno a las noches inmemoriales donde nos adorábamos, en armónica herejía, los unos a los otros.
Háblame de nosotros, Siria, en esta noche interminable. Con la tristeza y la piedad y la conmiseración de saber que lejos de la selva nunca podremos abarcarnos. De los refugios impenetrables donde deberé velar mi desesperanza, sin más complicidad que la tuya. Dime, gata, que husmeas esta noche en el viento el hedor, familiar y lúgubre, de mis huesos roídos acercándose.
divendres, 14 de maig del 2010
Arena
Cuando está sentada, el pelaje de mi gata son las arenas del desierto en toda su gama de colores. Quieta, geológica, con el aire apenas moviendo las dunas en su lomo, parece haber plegado el espacio en este preciso ciclo tan sólo ondulando su espalda, en una pausa específica, sinuosa, establecida en orbitas hipnóticas, que te atrapa. Así es como crea su propio territorio, en ese límite casi imperceptible, onírico en esencia, dentro de cuyas fronteras puede habitar libre sin tener que traspasar siquiera esta habitación.
Ahí es donde nos encontramos cuando deja que compartamos la somnolencia, la caricia de ese rayo de sol entrando por la ventana. Armonía sin artificios. Y, a veces, más: Silencios. ¿Esperanzas quizá, sueños, dudas?
Después, Siria sólo necesita un gesto súbito, gratuito e indolente, para interrumpir sus reflexiones, su calma, su paz, y retornar el tiempo al mundo. Combinando con insolente naturalidad el misterio y la cotidianeidad vuelve de su viaje interior para mirarme un momento, generosa y educada. Y yo le devuelvo la mirada con el convencimiento de los agradecidos, queriendo imaginar que mi compañía la ha humanizado lo bastante como para interesarse brevemente en saber si sigo bien antes de darme la espalda para continuar estirando despreocupadamente su pereza.
A su majestad me tiene inútilmente fiel, ya que no precisa, al revés de los humanos, súbdito ni país para ejercerla. Dueña del espacio y el imposible, se mueve entre la luz y la sombra con innata soberbia, revelando a los objetos hasta entonces inanimados su auténtica condición de trapecios elegantes y pasarelas aéreas.
Sé por los libros que ve y oye donde yo no puedo llegar y ella, que lo sabe, adopta el gesto de los seres etéreos y elementales, escuchando sin esfuerzo el sonido del mundo moviéndose. Nunca ha dejado de ser aquella diosa arcana, la esfinge adorada en antiguos páramos.
Negro
El mío es un gato negro. Pequeño, negro, complaciente, valiente y negro. Un cazador soberano, feliz y amoral, feroz en el orden natural de las cosas cuando muerde el viento imaginando como atrapa a los pájaros al otro lado del ventanal, sin falsa conmiseración.
En ocasiones, al anochecer, sin preaviso y en un estallido eléctrico, tensa el aire y corre a su jardín imaginario para evitar que los murciélagos lo saqueen. Allí danza solo, arriba y abajo, y caza ratones y duendes y pequeños seres de plumas y oscuridad que revolotean entre la realidad y el mundo que comparten con él. Felino ancestral y libre, negro brillante de luz y sombra, de cristal y músculo reflejado en el espejo.
Gatito valiente que sólo temes mi abandono. Vélame, que esta noche he vuelto a soñar en ratas. Ven a mi lado y escóndete, negro en el negro más negro que el negro de tu sombra. Cruza como cada noche la línea y, como si mágicamente desaparecieses para atender los asuntos de tu imperio incógnito tras el brillo intenso e inabarcable de tos ojos, déjame un ápice siquiera de la dorada arrogancia que desprenden por si vuelven las pesadillas.
Aquí esperaré hasta el amanecer tu vuelta, en esta mi tierra yerma vacía de las almas que habitan tras los ojos de cada gato, donde los míos practican la bajeza con los tuyos sin darse cuenta de quién es cada cual.
Déjame, pero, estas dos lunas inyectándose en la oscuridad, para guiarme hasta la nada, el olvido al que vamos todos, deslumbrados, mientras tú, a salvo de nosotros en tu territorio críptico y extraño, juegas despreocupadamente los ritos de las bestias de los que nunca hemos oído hablar, los de las esfinges serenas y selváticas, herederas de los secretos africanos, los de los oráculos intemporales de las noches egipcias.
Mirada
Me encuentro cada tarde, desde hace tres días, con la mirada limpia, cálida, inquisitiva de mi gato cuando lo tengo entre las manos. Me dice: ahora soy una bestia domesticada (tan domesticado como puede ser un gato), y mi experiencia vital se acomoda a ésta condición: soy tu gato.
Por eso esa mirada se me antoja como su conexión con la realidad. En su universo, yo soy su referencia capital, y su mirada me lo transmite. Mediante ese nexo nos comunicamos de una forma única, mágica e irrepetible. Cuando nos miramos sabe que me intereso por él, que existe para mí. Es su forma de saber que existe, y no necesita entender su propia realidad más allá de nuestra mirada.
¿Y yo? Yo, que hace mil milenios que deje atrás mi naturaleza, me reencuentro en sus ojos con la ingenuidad salvaje, con el alma del que un día fui, con la revelación de mi animalidad, instintiva, exultante, liberadora, amoral. Y justo en ese momento formamos los dos una circunstancia unívoca, de una complicidad mágica, íntima hasta la médula.
Sólo hace tres días que estamos juntos pero los dos sabemos que nos miraremos cada tarde y así pararemos el tiempo en un instante balsámico que habremos revestido de connivencia y comprensión, donde cada uno liberará al otro de la angustia de su propia condición. Tarde tras tarde.
